DE CEREZOS EN FLOR

DE CEREZOS EN FLOR

Mi familia materna es del Jerte. Podría decir que por eso me gustan los cerezos pero, en realidad, sólo estuve una vez allí.

En Madrid también los tenemos. Al llegar la primavera, locales y extraños los buscan. El parque de los Molinos es un continuo ir y venir de gente dispuesta a atrapar su belleza pasajera con ojos Polaroid disparando sin descanso.  Nunca los llegué a ver allí.

Quizás me gustan sin razón, punto. Sin motivos. Sin vueltas.

Ahora espero aquí a que lleguen esos días en los que las ramas desnudas, esas manos sin piel y enervadas, se carguen de un rosa y blanco que las endulce como los granos de azúcar al paladar. Y quiero descubrir por qué esos árboles casi desconocidos me han traído a este lugar, el país del sol naciente, donde la primavera no se entiende si no paras a contemplar los cerezos.

Tal vez sea su olor que nos empeñamos en embotellar en imposibles frascos caros. Me recuerda a pétalos de rosa cubiertos con talco, a un jardín de flores en un día de lluvia ligera o a esa cuchara con la que pones la mermelada de mora en la tostada del desayuno. Es un olor casi invisible.

Su flor me recuerda a esos momentos felices que pasan por tu mente un instante y te ayudan a salvar un mal día, al hielo desapareciendo bajo un café caliente, a la primera pelea de unos recién enamorados o a las pompas que los niños soplan con sus juguetes de burbujas mágicas.

Yo quisiera poder hacer lo mismo con mis miedos recónditos. Poder sacarlos del lugar que cavé para esconderlos, para no verlos más. Y desenterrarlos, dejarlos ir lejos, como ese manto blanco que cae y vuela dando sentido a las ramas vacías ya liberadas de su carga.

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