MADE IN TAIWAN

MADE IN TAIWAN

Manual de instrucciones para mentes ofuscadas

Los prejuicios aparecen en nuestra mente igual que esos paquetes de pizza congelada en nuestro carrito del super. Llegas a la caja y no sabes muy bien en qué momento consiguieron conquistar tu compra. Por eso, hay que poner atención antes de que esa pizza se cuele en tu cesta, recuérdalo.

Eran mis últimos días en Japón, buscaba vuelos a Tailandia y la vida, a veces, te lleva hacia destinos que parecen estar cubiertos por la capa de invisibilidad de Harry Potter.  Vale, cuando digo la vida, puede que me refiera también a esos vuelos baratos que encuentras a veces y que, a mí, me arreglan el día . Así fue como terminé haciendo una escala de cuatro días en Taiwán, un país que muchos ni siquiera consideran país sino más bien una isla rebelde.

1er paso: ponles nota a tus conocimientos. Antes de juzgar, piensa cuánto sabes de eso que acabas de negar en tu mente.

Jamás me había preguntado nada sobre Taiwán. Mi cabeza había creado una etiqueta plasticosa, barata, de esas que raspan, y se la había colgado a toda una isla. Esto la convertía para mí en un lugar gris donde se producían cachivaches varios como churros en feria; pero sin feria. Un mundo en serie habitado por robots. 

El avión flotaba sobre Taipéi, entre nubes deshilachadas, dejando entrever una tropa de montañas desafiantes que cedían poco espacio a la ciudad. El color verde se apoderó de mi mente. Es mi color favorito, en cualquiera de sus versiones, y, aun así, tenía la sensación de no haber visto jamás un verde igual. Los árboles eran samuráis en mitad de una batalla a muerte por cada milímetro que se negaban a ceder al asfalto. Las ramas de esos árboles tejían su defensa con mil lianas poderosas que tomaban la forma de castillos imposibles de conquistar. Ese brillo esmeralda cogía cada vez más fuerza y no me resultaba complicado imaginar cómo la selva caía sobre la ciudad, devolviendo el golpe. 

Anochecía y no había comido desde el desayuno. Pregunté en el hotel y me recomendaron acercarme a un mercado nocturno. Si algo no falta en Taipei son estos mercados donde los taiwaneses tienen la costumbre de cenar cada día. Hay cientos de ellos, kilómetros de puestos donde puedes encontrar casi cualquier tipo de comida asiática: dim sum, ramen, mil tipos de pescado en brocheta regados de salsas, pad thai…a los taiwaneses les encanta comer, es como si les incorporaran un resorte al nacer que les hace saltar cada vez que se acerca la hora de la cena para llevarlos al mercado nocturno más cercano. Cada comida es una fiesta. Y allí estaba yo en medio de esa especie de guateque gastronómico, cuando, de pronto, tuve que dejar de respirar. Me alcanzó una ráfaga de sudor macerado que me envolvió y no quiso deshacerse de mí, apresando cada poro de mi nariz. Aquel vinagre rancio me llevó hasta un puesto donde había un par de chicas filipinas. Miraban el contenido de la olla con el ceño fruncido, pensando que así esquivarían el vapor que salía de ella. Les pregunté qué era aquello y me explicaron que era el famoso tofu apestoso que tanto les gusta a los taiwaneses. Jamás lo habría probado, pero ellas compraron una ración y me animaron a comer un trocito de aquella carne vegetal marinada en un caldo de verduras que dejaban fermentar durante meses, hasta apestar. Estaba aderezado con un líquido picante y viscoso como el aceite del motor de un coche. Creo que fue la primera vez que agradecí a Asia su amor por envolver con fuego cualquier salsa. No volví a repetir aquel tofu, que sabía igual que olía, pero aprendí a disfrutar del ritual de esas cenas callejeras donde sentía que nada era imposible, mientras pescaba gambas con una caña del tamaño de un boli para hacerlas a la brasa después.

Desde esa primera noche supe que si hubiera tenido que hacer un examen sobre la realidad de Taiwán me habría quedado bastante lejos del aprobado, así que pensé en investigar, para juzgar con conocimiento de causa.

2do paso: no hagas trampas al solitario. Puede ser fácil caer en la tentación pero, antes de juzgar, reconoce que hay cosas que no sabes.

Al día siguiente desperté con los mismos nervios que un niño en la mañana de Reyes y me uní a un free tour para recorrer Taipéi. El barrio de Dadaocheng se convirtió en mi regalo favorito. Fachadas de voluta y rosetón contrastaban con edificios de ladrillo mezclados, a su vez, con casas de tejados de finales puntiagudos en los que colgaban farolillos repletos de símbolos chinos. Cultura y negocios convivían desde hace siglos en esta zona. Visitamos un mercado de telas que parecía haber surgido tras repartir los colores de una caja de ceras, multiplicados por mil. Había telas sedosas, ásperas, resbaladizas, con relieves, que llenaban cuatro plantas sofocantes como un laberinto. Allí me deshice por fin de mi falsa realidad sobre la etiqueta “Made in Taiwan” que resulta que se está convirtiendo en símbolo de tecnología, investigación de nuevos tejidos que visten a deportistas de élite y materiales que nos trasladan a mundos futuros y, obviamente, nada de esto raspa. Ellos lo llaman MIT, haciendo un guiño a esos genios de Massachussets. En ese mercado dije adiós definitivamente a cualquier idea preconcebida que hubiera habitado en mi cabeza.

Quizás, si hubiera leído sobre Taiwán antes de mi viaje, habría sabido que los portugueses la llamaron Formosa, que hay casi 300 montañas de más de 3000 metros en un trozo de tierra que no ocupa más que Bélgica y que, a pesar del poco espacio que las montañas dejan, los 23 millones de personas que consiguen vivir aquí han creado una identidad propia, que China se empeña en negar.  Nunca es demasiado tarde para aprender algo nuevo.

3er paso: sonríe, algo básico para deshacerte de los prejuicios es sonreír. Te das cuenta de que nada era lo que pensabas y no saber es una oportunidad de disfrutar y conocer.

Era mi tercer día en Taiwán y había quedado con mis amigas filipinas para visitar Jiufen, una ciudad a media hora de Taipei. El tofu no nos gustó demasiado, pero unió nuestros caminos y nos llevó hasta uno de esos lugares donde toda la tradición china y japonesa se unieron para inventar un pueblo de montaña.

Un pueblo de linternas de papel naranjas, casas de té, cuestas tan empinadas como las de San Francisco, pero sin tranvía y bastante abarrotado de turistas en busca de la foto perfecta. Cabía allí toda la magia que inspiró los escenarios animados de “El viaje de Chihiro” y esto es lo que hacía también que no cupiera ni un alfiler. Recordamos el valor de Chihiro y, como ella, decidimos no rendirnos ante las dificultades y explorar Jiufen.

En la ladera de esta montaña sólo caben un puñado de calles serpenteando colina arriba y abajo. Las subimos y las bajamos, nos reímos, hicimos mil fotos, tomamos bubble tea, ⎼un té con bolitas de tapioca que allí beben más que el agua⎼ nos perdimos entre la gente. Odié y amé Jiufen a partes iguales, si es que esto es posible. El día acabó con mandíbulas desencajadas de tanta risa cada vez que intentábamos hacer una foto sin gente o escapar del olor del stinky tofu que también reinaba en Jiufen.

4to paso: actúa en consecuencia. La última instrucción de este manual para vencer prejuicios es que actúes desde la nueva realidad que has construido.

A unas horas de volar hacia Tailandia me acerqué hasta el Taipéi 101. Quería dar un último vistazo a esa ciudad que tanto me había sorprendido, y el mirador de este edificio de 100+1 plantas parecía una buena idea. Según salí de la estación de metro quedé atrapada en el verde de aquellos cristales que subían más allá de lo que mi cuello me permitía ver. Ese tallo de bambú estaba hecho de cristal y hierro.Recordé que esa planta tiene mucho que ver con el crecimiento y el aprendizaje y vinieron a mi cabeza todos los momentos de esta vuelta al mundo que estaba dándole una vuelta a mi vida. Y el vidrio del rascacielos se fundió en mis ojos por un instante.

Sólo 37 segundos separan el piso 5 del 89, no hay un ascensor más rápido en ningún lugar. Desde lo alto de esta torre pensé en lo que nos perdemos cuando juzgamos antes de tiempo y en lo fácil que es caer en ello, aunque sepamos que no debemos. No siempre se nos cruza por el camino un “vuelo barato” para quitarnos la razón, así que acuérdate de prestar atención para no terminar, cada noche, cenando pizza congelada del súper.

Esta entrada tiene 2 comentarios

  1. Gracias por acercarnos a tus destinos 🙂

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