TOKIO
Metro de Tokio

TOKIO

Esa mañana fui la primera en llegar al Metropolitan Building de Tokio. Esperé trasladando el peso de mi cuerpo de una pierna a otra, mientras comprobaba cuántos segundos cabían en cada movimiento. Hacía mucho que no me mordía las uñas y dudaba si empezar de nuevo o subir corriendo los cuarenta y cinco pisos que me separaban del observatorio, cuando se abrió el ascensor.

En menos de un minuto, allí encerrada, recordé la decisión que tomé semanas antes en Filipinas: dejar Tokio en blanco. Mi cerebro era experto en formular la vida en un Excel y en el sudeste había conseguido desenchufarlo. Era mejor fluir entre el sudor sonriente de su gente y transportarse de la impotencia al apego en segundos, pero pensé que ir sin un plan a Japón me convertiría en la diana de un lanzador de cuchillos diagnosticado de Parkinson, así que organicé todo. Excepto esta última semana. Una nota aguda me devolvió al primer día de mi dragón en el interior de ese ascensor.

Junto al ventanal se perfilaba un gorro de pescador añil protegiendo de un sol imaginario a una mujer frágil, encogida por los años, con un atuendo que abultaba dos veces ella, y una identificación de guía voluntaria.

─Wherss ar yow from ─me preguntó con esa musicalidad japonesa que ensordece las vocales.

─Española.

─Houw loon in Japan?

─Un mes ─le dije. Me miró como si tuviera delante una oxidada balanza de metal, de esas que usaban antiguamente para pesar en las tiendas de ultramarinos. En un segundo la imaginé intentando equilibrar la sorpresa y el interés que le produjo mi respuesta. No sé qué opción ganó pero ahí empezó nuestra charla.

Le pregunté por Tokio y comenzó a desplegar la sabiduría de una vida entera en esa ciudad. Trazó un perfecto zigzag sobre el cristal que me llevaría a descubrir un mundo de neones, templos, hierro y vegetación, y a reconciliarme con la improvisación.

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